Representación conceptual de la dignidad de la persona y la ética del trabajo
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Dignidad de la Persona, Ética de las Virtudes y Excelencia Profesional

La persona como centro de la actividad técnica: dignidad intrínseca, virtudes cardinales y búsqueda de la excelencia en el ejercicio del trabajo.

📌 En síntesis: La persona como centro de la actividad técnica: dignidad intrínseca, virtudes cardinales y búsqueda de la excelencia en el ejercicio del trabajo.

Guía técnica desarrollada por el equipo de Proyecto Luna para formación profesional y consulta técnica abierta.


Introducción En la exploración de la ética y la filosofía, los pensamientos de de Aquino y Aristóteles ofrecen perspectivas profundas sobre la naturaleza humana, la búsqueda del bien y la excelencia. Este apunte se estructura en tres partes fundamentales que abordan aspectos cruciales en la ética: la dignidad de la persona y su vocación a la plenitud en el bien, la ética y la excelencia humana junto con la ética y la excelencia profesional, y finalmente, la ética de la persona y de las virtudes versus la ética utilitarista o consecuencialista. En la primera parte, se examina la concepción de la persona según de Aquino, en la que la racionalidad le otorga dignidad, pero también libertad y responsabilidad. Aquí se plantea la conexión entre la búsqueda del bien y la comprensión metafísica de este concepto. Además, se destaca la relevancia de John Stuart Mill en la conciliación de intereses individuales y colectivos. La segunda parte aborda la ética en el ámbito laboral, destacando la diversidad de capacidades humanas expresadas a través del trabajo. Se enfatiza que la excelencia en el trabajo no es homogénea, sino que radica en el aporte único de cada individuo. Además, se introduce la como la aplicación de principios éticos universales a las actividades laborales, destacando la importancia de la formación ética sólida. La tercera sección se sumerge en una comparación entre la ética de la persona y las virtudes con enfoques utilitaristas y consecuencialistas. Se explora la visión aristotélica sobre la felicidad, la virtud como hábito y las complejidades de la estructura del alma. A su vez, se contrasta con el utilitarismo, destacando la conexión entre bien y felicidad según Mill.

El apunte concluye reflexionando sobre la relevancia de los medios para alcanzar un fin ético, ejemplificando con situaciones laborales y empresariales. A través de este análisis, se busca proporcionar una comprensión profunda de la ética desde múltiples perspectivas, destacando la importancia de la virtud y la excelencia en la toma de decisiones éticas.

  1. Dignidad de la persona y su vocación a la plenitud en el bien de Aquino, con su perspicaz visión filosófica, nos ofrece una definición reveladora de la persona al expresar que somos “lo más perfecto que hay en toda la naturaleza, o sea, el ser subsistente en la naturaleza racional” (st, i, q. 28, a.3, in c). Esta vida racional, que nos singulariza como individuos, no solo confiere una dignidad inalienable y nos otorga deberes y derechos, sino que también nos sumerge en el fascinante mundo de la libertad y la responsabilidad. Al ser seres de naturaleza racional, tenemos el poder de ser arquitectos de nuestros actos, lo que implica que cada persona, simplemente por serlo, lleva consigo una dimensión ética intrínseca. El concepto central que guía la ética, según Tomás de Aquino, es el bien. En nuestra búsqueda de perfección moral, anhelamos el bien. Sin embargo, es crucial comenzar explorando el concepto metafísico de bien antes de abordar el bien moral. Lo bueno se refiere a lo apetecible, lo deseado por el apetito. Para que algo sea apetecible, debe ser intrínsecamente bueno. La bondad de una cosa no radica en que todos la deseen, sino que, debido a su propia bondad, todos la desean. Tomemos como ejemplo una pizza; es descrita como buena porque encierra una perfección que despierta mi apetito y, por ende, mi deseo. El bien y el mal en las acciones humanas reflejan el bien y el mal en las cosas. Las acciones son calificadas como buenas o malas en función de su conformidad con el fin propio del hombre, un fin inscrito en su propia naturaleza. En palabras de , “El bien moral es, de algún modo, un bien mayor que el bien natural, es decir, en cuanto que es acto y perfección del buen natural” (De malo 1,2,a.5, ad.2). Ser una buena persona, según esta perspectiva, supera la mera

condición de ser persona, ya que implica alcanzar el fin último de nuestra naturaleza. El bien y la virtud Aristóteles, en su enfoque filosófico, postula que todos los seres que poseen un principio interno de desarrollo; a los que él denomina seres por naturaleza, tienen una tendencia innata a alcanzar la perfección propia, es decir, su bien. Un ejemplo ilustrativo sería la semilla de un ciruelo, que inherentemente tiene la capacidad de desarrollarse como ciruelo, y su bien, su perfección, reside en llegar a ser un ciruelo pleno. Bajo la filosofía teleológica aristotélica, todo cambio y movimiento en la naturaleza se dirigen hacia un fin o meta, que representa su perfección. Este concepto de bien no se limita al ámbito humano, sino que abarca a todos los seres naturales, ya que cada uno tiende hacia su perfección, determinada por su modelo biológico. Aristóteles establece que el bien supremo para el ser humano es la felicidad, un consenso generalizado. Sin embargo, surge la pregunta fundamental: ¿qué conduce al hombre a la felicidad? La felicidad para cada ser se logra al realizar la actividad propia y natural que satisface sus tendencias, alcanzando así su perfección. Dado que el hombre posee múltiples tendencias, solo la satisfacción de las superiores, las cuales constituyen su esencia humana y lo diferencian de los animales, le otorgarán la felicidad. Estas tendencias superiores son las intelectuales, por lo que la felicidad humana se encuentra en la actividad contemplativa. Aristóteles, al definir al hombre como un animal racional, subraya la importancia de estas tendencias intelectuales en la búsqueda de la verdadera felicidad.

Aristóteles lo afirma: Si es así… y cada cosa es conducida a la perfección siguiendo la virtud que le es propia… parece que el bien propio del hombre es la actividad espiritual de acuerdo a la virtud; y si las virtudes son más de una, de acuerdo a la óptima y más perfecta…. A los amantes del bien le placen las cosas que por naturaleza son placenteras. Y tales son las acciones conforme a la virtud…. Por lo tanto, su vida no necesita del placer como de un adorno, sino que tiene le placer en sí misma. (Aristóteles, Ética a Nicómaco, I, 8, 1098) Pertenecerá, entonces, el (bien) buscado feliz, y él será tal durante toda su vida, porque siempre o sobre todo obrará y pensará de modo conforme a la virtud, y soportará muy bien las vicisitudes de la fortuna y grandeza de ánimo. Y se las acciones son las señoras de la vida, como decimos, ninguno de los felices puede convertirse en miserable, porque nunca cometerá acciones odiosas o viles. (Aristóteles, Ética a Nicómaco, I, 11, 1100)

  1. La ética, la excelencia humana y la excelencia profesional En el ámbito laboral, se manifiesta la libre expresión de diversas facultades humanas, como la inteligencia, la voluntad, la imaginación y la destreza. Es crucial reconocer que el trabajo de cada individuo no es equiparable al de otro, ya que en esta diversidad radica su verdadero valor. El trabajo, lejos de ser simplemente un deber, se erige como un derecho fundamental. La necesidad de satisfacer diversas demandas nos impulsa a realizar tareas laborales para suplir esas necesidades por nosotros mismos. A través del trabajo no solo cumplimos con deberes, sino que también desplegamos nuestras capacidades, aportando al entorno con nuestras habilidades. Es en este proceso que el ser humano puede perfeccionarse, ya que el amor introduce elementos inesperados de verdad, bondad y belleza, otorgando significado a tareas aparentemente estériles. La dimensión subjetiva del trabajo, arraigada en la dignidad personal, prevalece sobre la objetiva, ya que no depende únicamente de la actividad concreta o del tipo de labor ejercida, sino exclusivamente de la dignidad inherente al ser humano. De lo contrario, la actividad laboral y las técnicas utilizadas podrían usurpar la importancia del individuo, convirtiéndose en amenazas para su dignidad. El trabajo humano, más que una mera ejecución de tareas, está esencialmente ordenado hacia la persona que lo realiza. La dignidad del trabajo radica en su orientación hacia el sujeto que lo lleva a cabo, siendo su finalidad última siempre el bienestar del ser humano. Es esencial reconocer tanto la importancia del

componente objetivo del trabajo en términos de calidad como su subordinación a la realización plena del individuo.

La constituye la aplicación de los principios éticos universales al ejercicio de una profesión específica. En su esencia, reconoce que cualquier profesión implica una actividad humana que puede ser realizada con excelencia o de manera deficiente, influyendo directamente en la consecución de nuestros propósitos y afectando a quienes son impactados por nuestras acciones. En este sentido, conforme las profesiones se especializan, surgen nuevos contextos y circunstancias que demandan una reflexión constante sobre su naturaleza ética. Aunque los códigos profesionales son innegablemente valiosos, la verdadera solidez ética de un profesional radica en poseer una formación ética sólida y auténtica, que le permita abordar situaciones concretas de manera fundamentada. Más allá de la dimensión personal del profesional, es imperativo profundizar en la dimensión ética de las empresas, sociedades y organizaciones en las cuales los profesionales desempeñan sus funciones. La especialización en las profesiones conlleva la emergencia de nuevos escenarios que demandan una evaluación constante de su integridad ética. Por lo tanto, además de seguir códigos profesionales, se requiere que el profesional cuente con una formación ética que no solo responda a los retos individuales, sino que también considere las complejidades éticas inherentes a las dinámicas organizativas y sociales en las que se desenvuelve.

A continuación, te dejo un texto de la directora de formación e identidad sobre la excelencia: Excelencia que aspira a lo más alto. Excelencia y esfuerzo en un caminar humano de plenitud pero abierto a un horizonte infinito donde los criterios de éxito son otros, los divinos. Todos, unos más y otros menos, deseamos hacer algo grande en la vida y para eso nos esforzamos. Es verdad que no todos pisaremos la Luna ni ganaremos el Premio Nobel, pero sí podemos ser felices y contribuir a la felicidad de quienes nos rodean. Esto pone de manifiesto que las obras realizadas son “ ” no tanto por su tamaño exterior o éxito social, sino por su calidad humana y espiritual. De hecho, la honra, el reconocimiento y el aplauso de los demás es consecuencia de la obra bien hecha -de la obra “ ”- y, por tanto, de la excelencia personal. Y para ello debemos revestir nuestro ánimo con la virtud de la magnanimidad, que nos dispone y “ a aspirar a lo más alto” (Suma Teológica, II-IIa, q. 133, a.1) para, sólo desde esa disposición, lograr superar las dificultades y obstáculos –externos o internos- que se interpongan. Por otro lado, nos elevamos a lo más alto en la medida en que desarrollamos al máximo posible todo lo bueno que tenemos –nuestras potencias- y siempre en colaboración con los demás, con los que compartimos la misma aspiración. No se alcanza la excelencia de forma aislada ni egoísta. Y como cada uno es una persona única e irrepetible, también se realizará de una forma original, nunca igual a los demás, y también su colaboración será distinta de la de los demás. Asimilar la riqueza personal de tal visión implica, por cierto, un sano realismo que

permite evitar los sufrimientos que surgen de envidias, comparaciones y complejos, pues el que es magnánimo se valora a sí mismo y a los demás. En este proceso hacia lo “ s alto” vamos desarrollando nuestras dimensiones y potencias como las corpóreas, artísticas, intelectuales, profesionales y sociales. Pero hay una específica del ser humano que es su capacidad de salir de sí mismo y de su horizonte limitado, al ser capaz de trascenderse y aspirar al infinito. , en esto, reconoce que “ alma intelectiva, porque puede comprender lo universal, tiene capacidad para lo infinito” (Ia, q. 76, a. 5, ad. 4). Y es evidente que al proyectarnos al infinito, la excelencia adquiere entonces dimensiones insospechadas. Sin embargo, esa capacidad de infinito es inalcanzable a nuestras solas fuerzas –que experimentamos a cada instante como limitadas y finitas. Y así por un lado aspiramos de forma natural a algo que nos supera pero a la vez nos plenifica –un amor puro por encima de rencores y pequeñeces, por ejemplo- y, por otro, vemos que no lo logramos con nuestras simples fuerzas –pues nos cuesta perdonar o devolver la confianza perdida. Esther Gómez Centro de Estudios Tomistas

  1. Ética de la persona y de las virtudes versus ética utilitarista (del placer o de las mayorías) o consecuencialista (fin justifica los medios). El primer libro de la Ética a Nicómaco afirma que “la felicidad es una actividad del alma según la virtud perfecta” (1102 a.5). La psique en su plena realidad, en acto y no en potencia, experimenta un estado de perfección definido por un completo autogobierno, una autarquía. Este dominio de sí mismo se logra a través de la virtud, que otorga a la vida del alma su máxima plenitud. La virtud, lejos de ser inherente al alma o concedida por otros, se adquiere mediante el ejercicio constante y elevado de la misma. La cuestión fundamental que se plantea es la naturaleza de la virtud, abordada en el segundo libro con la pregunta “¿Qué es la virtud?” (105 b.19). Aristóteles introduce una distinción básica en la estructura del alma, dividiéndola en pasiones, facultades y hábitos. Las pasiones, como el miedo, la ira o el amor, son estados afectivos acompañados de placer o dolor, que llegan al alma desde el exterior. Estos estados son placenteros o dolorosos, y la tendencia natural es buscar el placer y evitar el dolor. Por otro lado, las facultades del alma son capacidades subjetivas que permiten ser afectadas por las pasiones. Por ejemplo, la capacidad de sentir hambre, miedo o alegría. Estas facultades no son las pasiones en sí mismas, sino la capacidad de experimentarlas. Finalmente, los hábitos son las acciones y costumbres que se desarrollan a lo largo de la vida del individuo, influenciados por el ejercicio práctico de las facultades.

Aristóteles sostiene que las virtudes no pueden ser ni pasiones ni facultades. No son estados afectivos ni capacidades inherentes al ser humano. Las virtudes son hábitos, adquiridos a través de la práctica constante y elevada. Así, la cuestión ética se reduce a las categorías fundamentales de acción (virtud) y pasión (facultades y pasiones). La estructura del alma, en sus instancias de acción y sufrimiento, refleja la naturaleza del ser humano, su tiempo de vida, su interacción con el mundo y, en última instancia, su biografía y la historia en la que participa. El Utilitarismo El utilitarismo, estrechamente vinculado al hedonismo, representa una teoría ética que sostiene que las acciones moralmente buenas son aquellas cuyas consecuencias generan felicidad. Dos elementos fundamentales definen el utilitarismo: su conexión del bien con la felicidad individual y su enfoque consecuencialista. A diferencia de otras corrientes filosóficas que vinculan el bien con las buenas intenciones al actuar, el utilitarismo considera que evaluar una acción como buena o mala se centra en las consecuencias de dicha acción. John Stuart Mill, un influyente pensador en el desarrollo teórico del liberalismo y un ferviente defensor del utilitarismo, abordó una problemática específica: la conciliación de los intereses individuales en la búsqueda de la felicidad, considerando que esta experiencia es intrínsecamente individual. Mill identifica la relación entre felicidad y justicia, dado que la justicia se presenta como un sistema para mantener relaciones saludables en la sociedad, brindando protección contra ciertos ataques que podrían convertirse en infracciones, al tiempo que garantiza la libertad para perseguir objetivos individuales.

Contrastando con la visión de Bentham, para quien la felicidad era principalmente una cuestión cuantitativa, Mill introduce una diferencia cualitativa entre diversos tipos de felicidad. Según él, la felicidad de índole intelectual supera a aquella basada en la satisfacción sensorial. Sin embargo, la delimitación precisa entre estas dos clases de placer resulta desafiante, como lo confirmarían posteriormente psicólogos y neurocientíficos. A continuación, presentamos algunos ejemplos de conductas éticas inadecuadas. Imaginemos a una persona que quiere ganar una licitación pública para su empresa y que de obtenerla le significa un salto cualitativo de crecimiento tanto económico como de reconocimiento entre sus pares en la industria en la cual está inserta. Es evidente que la intención es muy buena, toda vez que el crecimiento de una empresa redunda en una serie de factores positivos tanto para los accionistas como para los ejecutivos y los empleados. Ella se da cuenta que obtener tal licitación no resulta nada de fácil, dada la competencia que hay en el mercado y la falta de experiencia que ellos tienen en la materia que se licita, lo que implica un doble esfuerzo en comparación con otras empresas del rubro. Para poder competir “ la mejor forma posible” se da cuenta que mientras disponga de mayor información, mejores serán las posibilidades de obtener el trabajo. Por tal motivo, y empeñada en lograr el objetivo propuesto, baraja la idea de realizar una serie de acciones tendientes a tener más posibilidades de adjudicarse la licitación. La primera es la de contratar al ingeniero jefe de la empresa de la competencia que tiene muchas posibilidades de ganar la licitación, porque ya obtuvo hace un par de años una muy similar a la actual. Se cree que el conocimiento que posee este ingeniero es de vital importancia para obtener lo propuesto.

La otra situación que se contempla es adulterar la contabilidad de tal forma de aparecer más solvente de lo que realmente se es a los ojos del ente público. Por último, dado que siempre existen extensiones de contratos, se postula la idea de rebajar los valores ofrecidos por debajo de los costos para presentarse con una oferta muy conveniente, pero irreal, y así ganarle a la competencia. Las tres acciones son ilícitas. ¿Cuáles son los valores que están en juego en cada una de ellas y que hacen que la intención de crecer como empresa siga siendo buena, pero quede obscurecida por el modo como se pretende llegar a ello, y por tanto pierda su valor inicial? Analicemos la situación planteada y sus variables: En cuanto al uso de información privada de una empresa, a la hora de contratar a sus empleados, la empresa deposita confianza en ellos, que los obliga a nunca dañarla, aun en el caso de ya no pertenecer a ella. Sería muy perjudicial que las relaciones entre los empleadores y los empleados estuviesen teñidas de desconfianza, como lamentablemente parecen estarlo en muchos ambientes. Las personas no pueden ser consideradas como meros instrumentos, como medio para obtener fines. Es poco ético dar la apariencia de que se está interesado en una persona en cuanto ingeniero cuando el interés es otro: la información que trae y que puede ser habida de mala forma. El contrato del ingeniero tiene la clara intención de obtener información de una manera inadecuada. Si dicho profesional trabajara en otra empresa no vinculada al contrato en cuestión, no se le invitaría a formar parte de la empresa Se comete un gran acto de deslealtad respecto del ingeniero, a quien de alguna manera se le contrata no tanto con la finalidad de que sea un aporte a la empresa en virtud de su competencia, sino que con la finalidad de que traiga información privilegiada de su actual lugar de trabajo. Además, contratar a una persona en virtud de la información que posee

implica que se está dispuesto a que esta misma persona obtenga información privilegiada de la empresa y la venda en el futuro al mejor postor.

Un profesional que se presente a una empresa para ser contratado y diga poseer una serie de informaciones que recogió de la empresa donde trabaja actualmente no actúa éticamente. Lo que un profesional sabe en virtud de su competencia y estudios es un bien que le pertenece y que es libre de administrar. Sin embargo, no puede hacer uso indiscriminado o apoderarse del conocimiento de la empresa. El conocimiento que una persona obtiene de una empresa en virtud del trabajo que realiza es propiedad de la empresa. Esto vale, por ejemplo, para las bases de datos a las que se tiene acceso y que no son públicas, y para la información de terceros que se le ha confiado a la empresa, y que se conocen en razón del trabajo realizado. Por lo mismo, tampoco es ético obtener una mejor remuneración haciendo uso de información de la empresa en la cual la persona trabajaba antes. Una remuneración ha de ser fruto de los méritos de una persona. Lo que ha de cualificarla en su competencia profesional y sus cualidades personales, que la hacen idónea para el trabajo que se requiere. Se debe tender a que el salario en directa relación con el trabajo realizado. Sin embargo, aquí el profesional de alguna manera ejerce presión indebida en materia salarial, porque la información que posee puede efectivamente incrementar significativamente los ingresos de a empresa que lo contrata. Esta empresa no debería aceptar tal oferta, puesto que de alguna manera debe entrever que el salario no está tan relacionado con el trabajo bien realizado y el esfuerzo, sino con acciones éticamente reprobables, pues se genera una competencia desleal respecto de la empresa para la cual trabaja.


💡 Conclusión

En síntesis, este documento ha explorado las complejidades de la ética desde las perspectivas filosóficas de de Aquino y Aristóteles, abordando temas fundamentales que van desde la dignidad de la persona y su vocación al bien, hasta la ética en el ámbito laboral y profesional, y la comparación entre la ética de las virtudes y enfoques utilitaristas. En la primera sección, se resaltó la visión de Aquino sobre la persona como ser racional con libertad y responsabilidad, conectando la búsqueda del bien con una comprensión metafísica. Se hizo énfasis en la relevancia de John Stuart Mill en la conciliación de intereses individuales y colectivos. La segunda parte exploró la diversidad en el ámbito laboral, subrayando que la excelencia no es homogénea, sino que radica en la singularidad de cada individuo. Se introdujo la como la aplicación de principios éticos universales a las actividades laborales, destacando la necesidad de una formación ética sólida. La tercera sección sumergió al lector en la comparación entre la ética de la persona y las virtudes con los enfoques utilitaristas y consecuencialistas. Se abordó la visión aristotélica sobre la felicidad, la virtud como hábito y la compleja estructura del alma, contrastando con el utilitarismo, que vincula el bien con la felicidad. Finalmente, se reflexionó sobre la relevancia de los medios para alcanzar fines éticos, ilustrándolo con situaciones laborales y empresariales. En este análisis integral, se destacó la importancia de la virtud y la excelencia en la toma de decisiones éticas. En última instancia, este documento busca proporcionar una

comprensión profunda y multifacética de la ética, fomentando la reflexión sobre la importancia de la integridad en nuestras acciones y decisiones diarias.



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📚 Fuentes y lecturas recomendadas

  • Aristóteles. (2014). Ética a Nicómaco. Gredos. de Aquino. (2010). Suma teológica II. Biblioteca de autores cristianos. de Aquino. (l942). Quaestiones disputatae quaestiones duodecim quodlibetales. Edición Taurini: Marietti. Chomalí y Majluf (2007). Ética y responsabilidad social en la empresa. Ed. Aguilar.

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